Lámina · pp. 36-37
Todo estaba listo para el gran día; era la celebración para recibir a quien sería el nuevo Almirante Supremo, el líder máximo de la Unión de Países Libres.
p. 40
Desde los confines del vacío donde el silencio parece ley, una voz nos llama, diciendo cosas hace mucho tiempo olvidadas.
Alguna vez quisimos descubrirla, descubrir sus secretos, mas ahora me temo que ella viene hacia aquí y nosotros, tal vez, seamos los descubiertos.
Novela de ciencia ficción · Romeo Grisoni · 2026
El mundo del libro
Ilustraciones de Gustavo Acevedo, con la colaboración de Emanuel Diaz Ortiz.
Lámina · pp. 36-37
Todo estaba listo para el gran día; era la celebración para recibir a quien sería el nuevo Almirante Supremo, el líder máximo de la Unión de Países Libres.
p. 40
Lámina · pp. 54-55
La Gran Ciudad de Plata estaba al frente, como colosal entrada a un mundo distinto, lleno de edificios y construcciones invertidas. Las paredes estaban ocupadas con construcciones; los techos eran el piso de otros y el piso el techo.
p. 105
Lámina · pp. 70-71
Lámina · pp. 76-77
—Nada, no se escucha nada —dijo Rana, contemplando a las ondas detenidas en cero. Un silencio absoluto.
p. 75
Lámina · pp. 98-99
Una nave traspasó como flecha montones de estrellas a alta velocidad. Su cápsula, llena de ventanales, dejaba ver a sus pasajeros el gran abismo estelar, mientras eran cómodamente atendidos en sillones de lujo.
p. 100
Lámina · pp. 154-155
Con arcos ojivales a lo alto, los ventanales que daban al espacio estaban enmarcados entre grandes columnas doradas. (…) no había oro ni color dorado que valiera para contrarrestar el gris de las personas.
p. 156
Lámina · pp. 188-189
El espacio aéreo por donde andaban estaba lleno de modificaciones clandestinas, como carteles, puentes colgantes, o casitas construidas sobre los puentes que, en un principio, ni siquiera deberían estar ahí.
p. 192
Lámina · pp. 298-299
Al cruzar, se encontraron con otro mundo: un mar de estrellas sin piso ni pared; no había techo, no había nada.
p. 293
Lámina · pp. 400-401
01 / 09
Capítulo 0 · Leé el comienzo
Entre tifones de arena, una fortaleza monstruosa se elevaba casi hasta el cielo, como desafiando a la naturaleza, con murallas que parecían tener kilómetros de ancho y quién sabe cuánto de alto, pues uno era incapaz siquiera de ver su cima al final del trayecto. El rojo del regolito marciano era imparable y, como polvareda, nada dejaba ver, azotando los nubarrones una y otra vez contra esa muralla monolítica.
Era el planeta Marte, colonia y último bastión de lo que quedaba de la Coalición Corporativa, un cúmulo de empresas espaciales al borde del colapso financiero.
Se decía que los marcianos nativos estaban hartos de su presencia, sin embargo, con el poder armamentístico que poseían esas empresas, la idea de no agachar la cabeza frente a ellos se veía lejana, casi como un sueño.
En ese tiempo, la humanidad había alcanzado el suficiente avance tecnológico como para jactarse de gobernar a todos los planetas del Sistema Solar. No obstante, a diferencia del pasado colonial, la dificultad ahora no era sobrevivir, sino quién definiría el valor del humano, y cuáles serían los límites de su uso como recurso lucrativo.
Las corporaciones y grandes empresas, negadas a todo acto empático, habían llegado a la cima de la cadena alimenticia, gobernando a cada país y colonia gracias al dominio genético de millones de hombres y mujeres que, como propiedad privada de los laboratorios madre, eran obligados a trabajar para ellos sin recibir pago.
Los distintos mundos del sol, asediados por un estilo de vida cada vez más dependiente de recursos o materias primas del espacio, no tuvieron otra alternativa que arrodillarse ante cualquier exigencia por parte de esas mafias, entidades privadas externas a sus naciones, y se volvieron esclavos de la misma tecnología que pensaron los haría libres.
Mas así como todos dependían de sus productos, las empresas, en su necedad, no pensaron en el porvenir, razón primera de la caída de cualquier gran imperio, y también terminaron dependiendo del único recurso que no podían controlar: el humano artificial, que ahora quería venganza.
Lejos de la fortaleza, unos pequeños personajes encapuchados y envueltos en telas se movían, trastornados por la ventisca, casi completamente cubiertos por la arena, que golpeaba incansablemente sus cascos blindados. Nada los detenía, ni siquiera las rocas que, debido a la menor gravedad del planeta, volaban en su dirección, golpeándolos y sacándoles chispas a sus armaduras. El paisaje era brutal y las distancias enloquecedoras, pero a estos hombres parecía no importarles, y si acaso les importaba quedaría como un secreto, con el miedo escondido bajo sus máscaras abolladas.
Un soldado frenó y, con dificultad por el viento, levantó el brazo para ver la hora. De inmediato se giró.
—¡Nico! ¡¿Cómo vamos?! —Se dio vuelta hacia su compañero, que iba más atrás, con linternas en la cabeza y un casco aparatoso.
—¡Mal! —respondió por la radio con la voz un tanto distorsionada por el temporal. Levantó una tableta, que le iluminó el casco—. ¡Deberíamos haber estado hace media hora, vamos atrasados como 30 yardas! —se gritaban entre sí, pues a pesar de que se comunicaban por radio, el sonido era pésimo culpa de la tormenta.
Al líder casi se le escapó una maldición cuando escuchó las malas noticias, pero se contuvo.
—¡Aceleren! —gritó al frente de la caravana, y todos apuraron la marcha.
Los soldados se esforzaban por avanzar, desenterrando sus pies de la arena, que se les hundían con cada paso. Envueltos por la tormenta, se servían de linternas, con las que no lograban ver más allá de dos metros de distancia, y se valían de brújulas y mapas digitales.
Las ráfagas de arena los sepultaba y los tiraba al suelo, lo que los obligaba a hacer paradas de emergencia constantes para ayudar y contar cuántos eran.
Acompañaban su avance dos cañones que se movilizaban con cuatro patas parecidas a la de una araña, y se balanceaban sobre ellas clavándolas en el suelo para buscar equilibrio. Estos cañones araña eran el único apoyo firme; los soldados se enganchaban con cables metálicos a los mismos para no perderse ni salir volando. Solo Raiquén, el líder, iba desenganchado, contra las sugerencias de todos sus compañeros. Descendió y se acercó a Nico, que se había quedado atrás analizando la situación.
—¡A ver, déjame ver, Nico! —Raiquén, hombre de gran tamaño, se puso junto a él para estudiar un mapa en la tableta, en el que se veía el objetivo de la misión. El destino estaba marcado con un punto de color rojo en el centro, que estaba rodeado de otros puntos blancos que representaban a cada uno de los escuadrones.
—¡Nosotros somos este! —indicó Nico señalando uno de los puntos blancos más lejanos, muy separado del resto y aún más del objetivo.
—Sí, lo imaginé —respondió fastidiado el líder, que sintió presión en el pecho al ver que no llegarían a tiempo.
“Tanto tiempo planeando para esto”, pensó con dolor, y recibió el golpazo de una piedra que rayó el emblema que llevaba en la hombrera de su armadura, y que representaba al sol con varios planetas. Si bien estaba ya muy gastado, en él aún podían leerse las letras U.P.L, sigla de su organización interplanetaria: Unión de Países Libres.
El choque de la piedra le desacomodó el cuerpo y cayó al piso, lo que lo volvió a la realidad.
—¡Vamos! —gritó apenas se reincorporó, sin darles tiempo a los que venían detrás para preguntarle cómo estaba.
Del Capítulo 0 de En 9 días 9 horas 9 minutos, páginas 12 a 17.
Novela · Ciencia ficción · 2026
En 9 Días, 9 horas y 9 minutos, un objeto no identificado llegara a la Tierra. Todas las naves del primer gobierno del Sol están listas, orbitando en guardia para darle la bienvenida a lo que sea que se les acerca.
“La señal” como le dicen muchos, podría significar el fin de la larga soledad de nuestra especie, como así también su destrucción.
Desde hace mucho tiempo el temporizador viene royendo nuestras cabezas. “En setenta días, cuarenta, treinta, doce, once días”. Se decía que el final nos traería la paz, pero ahora que el caos es total, nos preguntamos si siquiera podremos llegar a ver el número cero con nuestros propios ojos.
En esta historia de ciencia ficción, el tiempo transcurre develando segundo a segundo desafíos y misterios, contratiempos y conflictos, que ponen a prueba las psiques ya atormentadas de nuestros personajes. Hora tras hora, la anomalía va acercándose más, y los problemas crecen con ello, lo que demuestra que la señal no será su único problema sino el último.
Para quiénPara quienes quieren divertirse, a la vez que abrir su mente a las posibilidades.
Conseguilo
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Artista, diseñador, electromecánico y terapeuta
Soy una persona normal a simple vista, aunque nunca encaje en las situaciones básicas de la vida. Siempre me costó fascinarme por lo que a otros gusta, y la imaginación era mi vía de escape a mundos imaginarios que me dieran verdadera impresión.
Realidades distintas, personajes extraños, así como yo, o incluso peor.
Es por esa razón que las historias me encantan, le dan el toque mágico o misterioso a la vida, cuando esta se vuelve predecible o aburrida.
Con el correr de los años y mi mayor madurez, me di con la idea de compartir todo lo que tengo, todo esto que siempre hice para mí mismo, con otros. No fue un camino fácil: traer una historia abstracta, de las nubes al mundo real, es un acto que requiere de bastante constancia. Pero como el proceso siempre fue tan divertido para mí, el volcarle mi amor a cada frase fue como darle de comer a un hijo. Algo enriquecedor, que me llena a mí, y espero llenará el alma de muchas otras personas, ya que la diversión es solo uno de los tantos aspectos de esta fascinante historia.
Lo que viene
Seguir a Romeo en Instagramquedan muchos misterios y escenas fantásticas que te volarán el coco, así como te digo, y no es broma.
Romeo, al final del libro